los miedos

Aparecen por la madrugada, a veces en sueños, otras cuando intento dormir y de vez en cuando en el medio del día. Son como gusanitos pequeñitos o grandes monstruos que rugen en la mente y empujan todo lo que había en su lugar antes. Esos son los miedos.

Ahora, de la mano de estos bichitos, cuando pienso en mi último año dos imágenes se vienen a mi cabeza.

  1. Donde el futuro se presenta como este panorama desértico en el que cualquier cosa puede pasar, donde ese espectro incluye desde el todo hasta la nada misma.
  2. Donde me encuentro en la punta de un precipicio hacia el que inexorablemente me dirijo, ignorante conciente de lo que me espera al caer.

Ninguna de las dos, se darán cuenta, resulta placentera para un ser humano. El camino que desatan tiende a ser el mismo: palpitaciones, agitación, sudoración fría, desconcentración o incapacidad de concentrarse. Y por otro lado, el sinfín de preguntas que despiertan tales cuestionamientos: ¿qué voy a hacer de mi vida? ¿dónde carancho voy a vivir cuando me reciba? ¿conseguiré trabajo? ¿esto es todo lo que es la vida? ¿me retoco las puntas en caoba (lo RRHH-aceptable) o en bordó (lo que realmente tengo ganas de hacer? ¿quién poroto soy y quién poroto quiero ser?

El resultado: la Luna en la Luna, con los pelos más desordenados que de costumbre, carcomiéndose el cerebro y las uñas a pesar de los vagos intentos por aguantar hasta llegar a la residencia, tomar un alicate y recortarlas como se debe. El resultado: durante el tiempo que dure el temor (2 o 5 minutos, 2 horas como ahora) la Luna se ausenta y deja ir ese pedacito de presente pensando en cosas del futuro inciertas, de las que la mayoría de ellas está fuera de su control. (Nadie tiene la varita mágica para conseguir laburo, ¿no?)

Es muy probable que un sólido 80% de los estudiantes comparta estas inquietudes durante su/s último/s año/s de facultad, lo que los podría llevar a decir que existe una fuerte probabilidad de que el fenómeno se de con mayor frecuencia en esta población. En español: es muy probable que todos aterricemos al mismo punto en distinto tiempo.

Entonces, quizás el foco no debería estar en los temores per se, sino en cómo seguir adelante a pesar de ellos.

En este punto no soy ningún faro de sabiduría acerca de la superación personal ni la serenidad y el reencuentro con la paz interior. Lo que si puedo compartir es una frase que escuché en un encuentro de ayer de mujeres líderes organizado por mi universidad: “actuar según la respuesta de ‘¿qué haría yo si no tuviera miedo?’. ¿Qué respondería en ese ensayo donde me piden dar mi opinión sobre algo? ¿Qué le diría a esa persona que me interesa (en cualquier sentido que sea)? ¿Cuál camino tomaría si no me atemorizara el impacto de la caída? Porque quizás, en muchas ocasiones, la respuesta a esa pregunta es lo que verdaderamente desamos hacer.

¡Bienvenidxs!

Bienvenidos al viaje del último año de universidad de una joven medio dispersa y casi perdida. Bienvenidos a la trayectoria, al despegue o caída. Bienvenidos al viaje.

No hay temática firme en este blog. Pretende ser un registro del recorrido de mi último año de universidad, y hasta quién sabe dónde. Caminos llenos de tentaciones, baches, objetivos y monstruos que despiertan tras años de haber dormido. Tesis, exámenes, discursos de profesores vagando por la mente. Conflictos internacionales, regionales, presidentes nuevos y viejos, gente tirada en el piso de las calles de Buenos Aires y amigxs peleando por un mundo más igualitario, almorzando junto a otros que ciertamente preferirían que las cosas permanezcan tal como están ahora. Películas, series, cervezas, documentales. Sonrisas y llanto, mucho de ambas.

Estas son algunas de las cosas que deseo compartir de mi experiencia. Tomen asiento y disfruten el viaje.